En 15 años como salvavidas, Pedro Suárez Orozco ha realizado 558 rescates en las aguas de Caleta de Campos, récord que mantiene sin una vida perdida. Entre corrientes, piedras y oleaje, asegura que detrás de cada rescate hay familias que lograron regresar completas a casa.
Por: Asaid Castro/ACG
Lázaro Cárdenas, Michoacán.- Vestido con una playera roja, lentes obscuros, gorra y una boya también roja bajo el brazo, Pedro Suárez Orozco permanece sentado sobre una torre de salvavidas pintada de amarillo vibrante, casi a la mitad de la bahía de Caleta de Campos.
Desde ahí observa todo: las corrientes que comienzan a formarse entre las olas, los niños jugando cerca de la orilla, las familias refugiadas bajo las enramadas y a los turistas que poco a poco avanzan hacia zonas peligrosas sin darse cuenta. La torre sobresale entre la arena y desde arriba tiene una vista de 360 grados de toda la playa, suficiente para identificar cuando alguien entra en riesgo incluso antes de que la persona lo note.
El silbato, rojo carmesí, cuelga de su cuello y a un costado descansan varias banderas rojas improvisadas con pedazos de tela. El sol golpea directo sobre la madera desgastada de la torre mientras Pedro no deja de mirar el agua ni un segundo. Dice que en el mar basta un descuido, una corriente o unas cervezas de más para que unas vacaciones familiares terminen convertidas en tragedia.

Aunque desde lejos pareciera que solo permanece sentado vigilando la playa, asegura que su trabajo consiste en mantenerse alerta todo el tiempo, porque hay accidentes que ocurren en cuestión de segundos.
«Llevamos 558 rescates y gracias a Dios todos han salido con vida. A lo mejor la cifra se escucha fácil, pero son 558 familias que pudieron regresar completas a sus casas. Eso es lo que realmente importa, porque muchas veces las personas no alcanzan a entender lo rápido que cambia todo en el mar», comenta mientras acomoda la boya entre sus piernas y mantiene la mirada fija sobre la bahía.
Pedro tiene 56 años y nació en Lázaro Cárdenas un 24 de diciembre de 1969. Parte de su infancia y adolescencia la vivió en Caleta de Campos, por eso asegura que conoce esta playa “como la palma de su mano”. Aquí aprendió a nadar entre pescadores, corrientes y piedras, pero también aquí comenzó a ver accidentes desde muy joven.
Recuerda que mucho antes de convertirse oficialmente en salvavidas ya se había aventado al mar para rescatar personas, impulsado únicamente por la intuición y la costumbre de nadar en estas aguas desde niño.

Cuenta que su primer rescate ocurrió cuando una pareja de jóvenes fue arrastrada por la corriente. Sin experiencia ni preparación, corrió hacia una embarcación donde había un ánfora de gasolina amarrada con un mecate y la utilizó como boya improvisada para entrar al agua.
«Yo no sabía cómo hacer un rescate, pero conocía el mar y sabía nadar. Me acuerdo que cuando llegué con ellos les dije que se abrazaran del ánfora porque me daba miedo que si intentaba cargarlos me fueran a sumir junto con ellos. Después llegó otro salvavidas y entre los dos logramos sacarlos», relata mientras señala la zona donde ocurrió todo hace décadas.
Aquella experiencia todavía le eriza la piel. La muchacha que rescataron estaba embarazada y Pedro recuerda que la familia terminó llorando abrazándolo sobre la arena. Dice que después le ofrecieron un plato de comida y algo de dinero, pero lo que realmente se quedó con él fue otra sensación.
Entre corrientes, alcohol y segundos
A unos metros de la torre amarilla ondea permanentemente una bandera roja colocada cerca de unas piedras. Pedro señala esa zona mientras recuerda uno de los rescates más difíciles que ha realizado en toda su vida. Era un 4 de diciembre cuando una familia de Guanajuato caminó hacia esa área pese a las advertencias.

El padre intentó subir a una roca para tomarse una fotografía mientras sostenía una cerveza, pero las olas comenzaron a golpearlo hasta dejarlo inconsciente. Pedro alcanzó a ver entonces a una niña de aproximadamente 12 años nadando desesperadamente hacia las piedras para intentar ayudarlo, por lo que corrió desde el otro extremo de la playa para sacarla primero antes de que también fuera arrastrada por la corriente.
«Cuando volteé ya no vi al señor, ya se estaba sumiendo. Me decía a mí mismo que tenía que encontrarlo antes de los siete minutos para que todavía pudiera reaccionar», recuerda. Pedro se sumergió varias veces entre las piedras hasta tocarle el cabello y logró sacarlo inconsciente y morado. Mientras nadaba hacia la orilla comenzó a darle golpes en el pecho para que expulsara el agua y minutos después, entre varias personas, consiguieron reanimarlo sobre la playa.
Pedro asegura que muchos de esos accidentes pudieron evitarse. Explica que la mayoría de los rescates tienen relación con el consumo de alcohol y con personas que ignoran las advertencias pese a conocer el riesgo.
«El 80 por ciento de los rescates son por alcohol. Mucha gente piensa que uno exagera cuando les dice que se salgan o que no se metan a ciertas zonas, pero el problema es que cuando menos lo piensan ya están dentro de una corriente. Hay quienes se molestan porque uno les pita mucho, pero prefiero que se enojen conmigo a que una familia termine llevándose a alguien muerto», comenta mientras vuelve a levantar el silbato hacia un grupo de jóvenes que entraban con una cuatrimoto.

Un oficio de ruleta rusa
La torre amarilla desde donde Pedro vigila la bahía tiene postes desgastados y madera dañada por el sol y la sal. Dice que hace años pidió apoyo municipal para repararla, pero nunca llegó. Las banderas rojas que utiliza para marcar zonas peligrosas tampoco fueron proporcionadas por las autoridades, sino que las improvisó cortando un vestido rojo de bailable que alguien le regaló para usarlo como señalización.
«Si nosotros esperamos a que llegue el apoyo para hacer las cosas, entonces nunca tendríamos nada. Ese vestido lo corté en varias partes y de ahí salieron las banderas que usamos para señalar las corrientes y las piedras. Son cosas básicas, pero ni eso tenemos a veces», explica mientras muestra los trozos de tela ondeando cerca del mar.
Pedro lleva 15 años como salvavidas y durante más de una década trabajó prácticamente como voluntario, sobreviviendo con propinas de turistas y apoyo de algunos enramaderos. Apenas hace cuatro años comenzó a trabajar formalmente con Protección Civil municipal, aunque todavía bajo contratos temporales y sin prestaciones.
Asegura que trabaja jornadas de hasta once horas en una playa que durante temporada alta llega a recibir más de cinco mil personas.

«Yo creo que merecemos un sueldo digno y mejores herramientas. No es una queja, porque yo amo este trabajo, pero sí hace falta más apoyo. Aquí debería haber mínimo dos salvavidas fijos porque cuando descanso los lunes la playa se queda sola y cualquier tragedia puede pasar», señala.
También habla de los jóvenes que lo ayudan cuando ocurre un rescate masivo: Ismael Pacheco, José Guevara, José Zavala y Jere Gutiérrez, hijos de pescadores y enramaderos que crecieron igual que él, aprendiendo a conocer el mar desde pequeños. Recuerda especialmente una ocasión en la que once personas fueron arrastradas por la corriente al mismo tiempo.
«Cuando pito y doy la alarma, ellos salen de inmediato de las enramadas para ayudar. El rescate más grande que hicimos fue de once personas y entre todos logramos sacarlas en menos de ocho minutos. La gente se quedaba sorprendida porque pensaban que éramos muchos salvavidas organizados, pero en realidad éramos puro muchacho de aquí mismo ayudando», finaliza.
El silbato vuelve a sonar. Pedro se levanta de la torre amarilla y toma la boya naranja mientras da un recorrido por la playa, hay marea alta, banderas rojas y advertencias de Pedro a Turistas para cuidar que las familias regresen vivas a casa.
Fotos: Asaid Castro/ACG
