Crónica | Trece años de ser papá y mamá

Por: | 21 junio, 2026

Entre desayunos, uniformes, límites y sacrificios, Javier García crió solo a dos adolescentes después de que su esposa se marchó. Hoy, en el Día del Padre, presume el título universitario de su hija como quien exhibe una medalla ganada tras una larga batalla.

Por: Asaid Castro/ACG

Morelia, Michoacán.- Javier García se acomoda en el sillón de su sala mientras habla de sus hijos. Sonríe cuando menciona a su hija recién titulada como nutrióloga y vuelve a sonreír cuando habla del menor, estudiante de Derecho. Han pasado 13 años desde que se quedó solo con ellos, cuando tenían 13 y 12 años de edad.

Trece años de levantarse temprano, trabajar, llevarlos a la escuela, recogerlos, poner límites, revisar calificaciones y aprender cosas que nunca había tenido que hacer. Porque cuando la madre de sus hijos se fue a otro país, no solo cambió la dinámica familiar: también comenzó una vida que no imaginaba.

«Al principio fue muy difícil. Yo estaba acostumbrado a una vida completamente distinta. No sabía ni lavar mi ropa ni plancharla porque todo eso lo hacía mi esposa. Cuando se fue sentí que se me cerraban muchas puertas, pero no había tiempo para detenerse porque tenía a mis hijos conmigo y alguien tenía que sacarlos adelante», recuerda.

Este Día del Padre comenzó como suelen comenzar los últimos años: con las felicitaciones de sus hijos y la posibilidad de compartir algunas horas juntos. Dice que agradece los desayunos, las llamadas y los detalles, aunque para él el cariño no debería limitarse a una sola fecha del calendario.

Antes, cuando sus hijos todavía vivían bajo el mismo techo, las celebraciones eran distintas. Había desayunos en la cama, pequeños obsequios y paseos familiares a Pátzcuaro o a cualquier otro lugar donde pudieran pasar el día juntos. Hoy cada uno tiene sus propias responsabilidades, pero la costumbre de reunirse permanece.

Aprender a criar desde cero

La parte más difícil no fue cocinar, lavar ropa o mantener la casa en orden. Lo que realmente le quitaba el sueño era la adolescencia. Cuando su esposa se fue, su hija estaba entrando a la pubertad y él tuvo que enfrentar situaciones para las que sentía no estar preparado.

«Sí se te viene un bloqueote encima porque no sabes cómo actuar. Piensas si estás haciendo bien las cosas, si debes ser más estricto o más flexible. Hay momentos en los que una hija necesita mucho a su mamá y uno trata de hacer lo mejor posible para que no le falte apoyo ni orientación», dice.

Su rutina giró completamente alrededor de sus hijos. Los llevaba y recogía de la escuela todos los días hasta la preparatoria. Había jornadas laborales largas y poco tiempo libre, pero la prioridad era la misma: mantenerlos seguros y pendientes de sus estudios.

«Siempre trabajé y siempre estuve al pendiente de ellos. Hubo años en los que ni siquiera pensé en tener otra pareja porque mi atención estaba enfocada en mis hijos. Mi preocupación era que estudiaran, que estuvieran bien y que no les faltara nada dentro de mis posibilidades».

La recompensa de los sacrificios

Mientras habla, Javier vuelve una y otra vez al mismo punto: los estudios de sus hijos. No presume bienes materiales ni logros económicos. Lo que más orgullo le produce es que su hija acaba de titularse como nutrióloga y que el menor continúa preparándose en la Facultad de Derecho.

«Mi hija se acaba de titular y eso me hace sentir muy orgulloso. Cuando uno pasa por momentos difíciles y hace sacrificios por los hijos, espera que al final sean hombres y mujeres de bien. Ver que ella ya terminó una carrera y que mi hijo sigue estudiando es la mejor recompensa que puedo recibir».

Dice que nunca existió una fórmula mágica para sacarlos adelante. Solo convivencia, comunicación y tiempo compartido. Considera que muchos padres se concentran en trabajar para ofrecerles una mejor vida, pero olvidan acompañarlos durante el camino.

La tarde avanza y Javier vuelve a sonreír cuando piensa en sus hijos. «Les diría que los amo mucho y que sigan echándole ganas. Todo padre quiere ver a sus hijos salir adelante y cumplir sus metas. Si ellos son felices y les va bien, para mí eso vale más que cualquier festejo del Día del Padre»

Fotos: cortesía

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